martes, 14 de julio de 2009

Cartas desde París. Hoy, Montmartre.


A finales del siglo XIX y principios del XX el barrio de Montmartre era un hervidero de artistas y de escritores. No podías pisar la noche de la butte sin que le aplastaras el juanete a algún autor famoso. La razón estriba en que el quartier se desparrama sobre una colina de difícil acceso y alejada del centro. Esta situación espacial proporcionaba dos cualidades esenciales para cualquier bohemio: alquileres económicos y una asombrosa luz natural capaz de iluminar la inspiración más esquiva.

Ahora Montmartre no es exactamente así. Sigue elevándose sobre una coqueta colina desde donde puedes avistar (si no eres miope y el día está claro) hasta 30 kilómetros de casas, edificios y monumentos. También la luz sigue siendo especial en la cima. Allí, hasta el ojo más vago puede distinguir con inusual nitidez el escote más escurridizo. Sin embargo, ahora el barrio se puebla con entusiastas hordas de turistas a la caza de un souvenir, y en lugar de artistas hay obstinados caricaturistas que se ofrecen en cada parpadeo a dibujarte un retrato. La famosa Place du Tertre, donde antiguamente los pintores intercambiaban óleos, ideas y aguardientes, es ahora una gigantesca terraza que protege las mesas de los restaurantes más onerosos. Las masas, armadas con gorras horrendas y cámaras fotográficas japonesas, se arraciman por centenares a las puertas del Sacre Coeur. Según reza el cartel de la entrada, la basílica fue construida con las contribuciones de los católicos parisinos como acto de contrición tras la humillante derrota en la guerra franco-prusiana de 1870-1871. Pero el viajero, que a escéptico no le gana nadie, ha descubierto que aquello no es del todo cierto.


Fundamentalmente, porque la almibarada construcción religiosa es una consecuencia de la Comuna de París. El gobierno de aquel tiempo no sólo se mostraba incapaz de rechazar a los prusianos, sino que también tomaba medidas contra la clase baja: reducía los préstamos, aumentaba los alquileres y restringía los víveres. El pueblo aguantó dos meses la situación para finalmente sublevarse (Marx calificó esta experiencia como “el primer movimiento proletario autónomo”). El gobierno, que ya había aceptado las exigencias del invasor pruso, lanza un ataque feroz contra su pueblo: coloca 250 cañones al pie de los barrios insurrectos y le bastan siete días (la llamada Semana Sangrienta, del 21 al 28 de marzo de 1871) para reducir la Comuna a escombros. Algunos valientes resisten tras las barricadas, batiéndose heroicamente en sangrientos combates. En total perecieron 30.000 rebeldes y 1.400 soldados. Parece ser que el Sagrado Corazón se construyó a partir de estos sucesos. Los buenos católicos de los barrios pudientes crearon la basílica para lavar los pecados de los comuneros. Hoy en día, el monumento es un lugar mítico de concentración de la extrema derecha francesa.


El viajero, después de documentarse, decide no pagar los cinco euros de entrada. En su lugar desciende por las tornadizas callejuelas hasta el cementerio del barrio, último domicilio conocido de un buen puñado de nombres famosos. En su descenso deja atrás la casa que Adolf Loos le diseñó al bueno de Tristán Tzara, el séptimo piso donde Louis Ferdinan Celine comenzó su Viaje al final de la noche o la divertida escultura de Marcel Aymé atravesando una muralla.



Al fin, el viajero llega al camposanto donde se descomponen en silencio los últimos restos de maestros como Degas, Zola, Stendhal, Dumas, Berlioz, Nijinsky… pero sólo tiene arrestos para visitar la sepultura de François Truffaut, a quien le dedica una sonrisa de agradecimiento y, finalmente, un hondo suspiro.


Javier Rambert

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