miércoles, 28 de marzo de 2007

Fin de trayecto


Si Stella Adler o Lee Strasberg se hubieran pasado por los teatros españoles en la década de los sesenta a tomar una limonada y ver alguna función de José Luís Alonso, no tendrían dudas sobre cuál sería el actor a reclutar para su selecta academia de Nueva York. Entre todos los cómicos patrios, el señalado hubiera sido, sin duda, Alfredo Landa (Pamplona, 1933). Y se lo hubieran llevado a la gran manzana a pesar de que su apellido encerró durante media década el subgénero más comercial del celuloide, capaz de espantar al más maleable de los cinéfilos: el landismo. O lo que es lo mismo, la comedia hispánica de tintes sexuales explícitos. La palabra -habitualmente pronunciada como quien lanza una sandía a una roca- pretende representar el arquetipo del español medio, más pillo que inteligente, siempre desbordado por un terrible apetito sexual y por unas situaciones estrambóticas de las que sólo pueden dar cuenta algunos malos guionistas y dos o tres productores con gafas de sol oscuras. Landa conoció así un imparable éxito con No desearás al vecino del quinto (Ramón Fernández, 1970) que lo condujo por una espiral de playas, paletos y lencería más o menos fina, hasta ser objeto de una constante y tópica explotación durante los primeros años setenta. Estos largometrajes lo convirtieron en un paradigma de lo que se conoce como (citar esta parte con la cara de salido y la entonación de López Vázquez) “que vienen las ale-ma-nas”.


Pero Alfredo Landa es mucho más que Pepe el que se fue a Alemania. El actor Landa se elevó por encima de sus ciento sesenta y seis centímetros con el primer papel relevante fuera de las salas de palomitas, El Puente (Juan Antonio Bardem, 1976), que lo devolvió a la difícil trocha del cine serio. Punto que ratificó con una de sus mejores películas -y del cine español en su conjunto- El crack (José Luís Garci, 1981) donde encarna sobriamente al detective privado Germán Areta -su segundo apellido- “un hombre bañado en soledad, con un bigote tan ancho y tan poblado como la Gran Vía”. Un peliculón tremendo heredero del mejor cine negro americano, pero hecho en Madrid. En una ciudad gris y áspera, insólitamente fotografiada, a la que Landa le incrementa esa atmósfera moral y estética del género. Lo que Edward G. Robinson es a Cayo Largo (John Huston, 1948). El actor de coña se transforma así en un tipo tan duro que hasta el propio Rick de Casablanca le hubiera cedido el paso al entrar en la puerta giratoria del saloon.


Y luego le acompañaron muchos papeles (más de cien sólo en cine), algunos de ellos inolvidables, con los mejores directores españoles. Atraco a las tres (José María Forqué, 1962); La vaquilla (Luís García Berlanga, 1984); Don Quijote (Manuel Gutiérrez Aragón, 1991); La marrana (José Luís Cuerda, 1992); la imprescindible El bosque animado (José Luís Cuerda, 1987) donde Alfredo toma cuerpo en el bandido Fendetestas, uno de los personajes más entrañables que he visto en una sala de cine, o Los santos inocentes (Mario Camus, 1984), cuyo papel como Paco el campesino le vale el premio al mejor actor en Cannes, y una de sus interpretaciones más redondas.


Con Landa se nos va nuestro mejor De Niro, uno de los pocos intérpretes con carácter que merece un lugar privilegiado en la platea de la historia del cine español. Dijo que se marchaba la semana pasada, durante el festival de cine de Málaga, después de cuatro minutos de aplausos. Avisó que aunque Steven Spielberg o Martin Scorsese le pidieran volver, a él se la iba a sudar. Prefería una partida de mus a la alfombra roja de los estrenos. No pensaba cambiar el camerino por el paseo con su nieto.

Aprovecho estas líneas para dirigir el mismo mensaje a los editores de New Yorker y Vanity fair: como decía el poeta, de las dos majas de Goya, me quedo con la misma que Alfredo. Que no se molesten. Que prefiero mi (por lo visto) poco aristocrático suburbio de Beijing, al ambarino sol de California.

¡Au revoir!, don Alfredo.



Guillermo T. Coyote

domingo, 25 de marzo de 2007

El heredero



Decía el portero argentino Roberto Perfumo antes de un partido contra la selección brasileña de Pelé: “Al contrario que los demás, este tipo es capaz de hacerte la fácil, la difícil y la imposible”. Lo mismo debieron de pensar los jugadores de verde el otro día cuando Lionel Messi (Rosario, 1987) les había aplicado dos caños, cinco amagues, siete quiebros cerrados y un tratamiento de electrochoque en tres tiempos: toco, amago y me voy. Les retrató con la apresura del asesino y con la simplicidad de un muchacho.

Y es que nadie podía llevarse a engaño cuando Lionel Messi llegó iniciado el siglo XXI a la Masía encaramado en sus trece añitos, para perseguir una esfera hueca rellena de aire. Al poco de llegar a la academia de Barcelona ofrecía ya todas las pruebas imaginables sobre la utilidad de una pulga calzada con botas de fútbol. Algunos sospecharon que habían encontrado el insecto atómico, un raro espécimen de fuga capaz de transmitir a la pelota comportamientos sólo explicables en determinadas velocidades, superficies y dimensiones.

Los investigadores del balompié se apresuraron a teorizar sobre las causas de tal mutación. En ella parecía manifestarse el principio de adaptación al medio, un efecto secundario de la especulación del suelo. Las enormes haciendas de la Pampa habían sido violentamente sustituidas por los terrenos vecinales de San Cugat, y para sobrevivir, el joven tahúr debía de colonizar como nadie los espacios individuales y dominar las distancias cortas: debía de regatear en una baldosa. Así, los técnicos deportivos del Barça anotaron en sus informes que a aquel chico bajito y pálido le declararían una especie protegida.

Gente como Ossie Ardiles, Bochini, el Diego Maradona, burrito Ortega, Aimar y otros excepcionales ratones de armario se habían erigido en la prueba irrefutable de que el tamaño, en un campo de fútbol, no importa nada. Por eso saludaron sin reservas la llegada de Lionel. Este atleta diminuto, chaparro y vertiginoso no sólo reivindica la habilidad como forma de expresión; la acredita como cualidad principal en el trabajo dentro de la cancha.

Dijo Jorge Valdano en una entrevista anterior al partido de copa (“tiene interiorizada su condición de crack”) que si a él le hubiera ocurrido lo que a Messi, con esa edad, no sabría si ducharse antes o después de los partidos.
Hoy sabemos que Messi se duchó después. Enseñó una sonrisa tímida en el túnel de vestuarios, se retiró el flequillo de la cara y dijo modestamente, como si no fuera con él: “y qué sé yo… Por ahí, me fui al ataque, vi un hueco y marqué gol”.
Todo muy sencillo. Pelusa, ahí tenés tu heredero.



Capitán Akab


La colegiala





A ratos, cuando el atletismo se nos representa como una labor áspera donde los músculos cuentan tanto como las centésimas, la pista roja es el territorio señalado para que los mulos compitan con las abejas. Nadie ha descubierto mejor sistema para dominar las piernas que el de introducirlas miles de kilómetros, y en esa necesidad de correr y correr, la velocidad siempre es el resultado que se extrae de una discrepancia entre el tiempo y la constancia. Este ecosistema, que se da entre el viento helado, o bajo del aire suspendido de un pabellón, está habitado por gentes condenadas a entenderse de dos únicas maneras posibles: con astucia o con bíceps.
En este entorno era previsible que los técnicos actuales pusieran algunas objeciones estéticas a la carrera de Mayte Martínez, la colegiala del Zorrilla. Con esa suave carrocería, esos ojos dulces y la carpeta de colores apoyada sobre su pecho, la niña estaba condenada a maniobras tan complejas como tomar apuntes en una clase de ciencias naturales, como los demás estamos condenados a no esperar más sueños que los que nos regala el cinemascope, o el sueño profundo de las noches.

Pero resulta que en el campo abierto, o en el mágico recinto oval del estadio de atletismo, la niña apacible y sonrosada de Castilla se transforma en una gacela. Mientras previsualiza la carrera mentalmente junto a la línea de salida, con el flequillo pegado a la sien derecha, se le dilata el cuerpo de goma, se le crispa el corazón de hierro y, a la postre, se le atiborran los pulmones de una corriente con aroma de laurel. Intercambia, en fin, su indumentaria deportiva por las plumas del avestruz que, caprichosas, van a parar a lugares estratégicos que mejoran el generoso rendimiento del corredor del medio fondo. A saber: unas le van a parar a los brazos, por si tiene que espantar alguna alimaña; otras se le clavan en las articulaciones, engrasándolas con la parafina del viento y, finalmente las últimas, por razones poéticas, van a parar al cielo de sus pies.



Después, la carrera se desarrolla en ochocientos suspiros eternos que no llegan, en el mejor de los casos, a los dos minutos de duración. Aproximadamente el mismo tiempo que los espectadores y aficionados tardamos en olvidar ese mundo de bríos, longitudes y proporciones que es el atletismo. Sobretodo si no se observa, desde el podio, el refulgente destello dorado del éxito.

Para cuando sucede, Mayte se viste de nuevo el anónimo chándal del sacrificio y al lado de Juan Carlos Granado, su hombre de confianza, torna a su fortín en la meseta amarilla y verde, a perseguir caballos, a contar estrellas, a peinar el aire gélido con el elegante forcejeo de su galope…


Capitán Akab

viernes, 16 de marzo de 2007

El Niño


Siguiendo un rastro de huesos rotos por la insondable llanura de los circuitos, un niño cabalga huidizo sobre una montura de hierros encendidos con pezuñas de goma. Los expertos, técnicos, rivales o cronistas que están en el paddock, al observar el cronómetro, se reparten las dudas y no se ponen de acuerdo: para unos tiene la reservada mirada del Llanero Solitario, para otros, es la esperada reencarnación de Billy el Niño.

A la tarde se atrinchera en el box, rodeado de su milicia de peritos, ingenieros y mecánicos, con un sonajero bajo el mono y una pegatina sobre el casco. Allí, enroscado en una maraña de manillares, estriberas y fibras, repasa con sus consejeros el cuaderno de referencia para el combate del fin de semana. Ha estado tanto tiempo domando motos, estudiando la mecánica y calculando sus variables, que aún no es capaz de distinguir cuál es la diferencia entre su cerebro y el pedal del freno.

Fundido al chasis de su Honda, bajo palio en la imprevisible mañana del domingo, ante la expectación de cachondas azafatas, patrocinadores y aficionados, se produce la mágica metamorfosis en su cuerpo: una vez más, en sus venas, permuta la sangre por el hielo.
La historia no empezó hace mucho tiempo. Su mentor le señaló con el dedo en plena orgía de talentos. Donde otros miraban a un crío frágil, tenue, casi cristalino, que aún no había cambiado los dientes, Alberto Puig vio en dos trazos, un bosquejo del futuro campeón del Mundo. Mientras los agoreros se frotaban las manos y se daban codazos entre risas ladinas tras un año de pruebas sin grandes resultados, los patronos tamborileaban sus dedos sobre el escritorio mostrando su impaciencia. Puig se mostró tozudo en su argumento: “Me quedo con Dani. El chico va tan rápido que adelantaría en la curva a su propio silbido”.

A partir de ese momento Puig metió a Pedrosa en una probeta. Diseñó al noi de Castellar del Vallés a su antojo, empleando la vieja ecuación que se aplica a los purasangres: la mitad del éxito amparada en sus propios genes, la otra mitad, obra de una buena escuela.

Pedrosa avanza imparable hacia el impar atardecer rojo de Monumental Valley en su yegua de plata. Sabe que aún teniendo una milimetrada cabeza, es necesaria una inspiración kamikaze. Al fondo le aguarda Il Dottore, sacando brillo a su potro, con la sonrisa segura del que ya lo ha ganado todo.

No nos impacientemos, llamen al pianista, saquen a las chicas y sirvan otro whisky en el Saloon. Restan ya pocas horas para el esperado duelo del O.K. Corral.
A efectos publicitarios, Dani es azul. Para nosotros, es de oro.

Capitán Akab.

domingo, 4 de febrero de 2007

Gutiérrez



Al inicio de la tarde el viento frío se levanta por la castellana entremetiéndose por entre la camiseta y el pantalón de la hinchada. Otro domingo que en lugar de disfrutar de un partido de fútbol, hay que ir al tajo.
Cerca de concha espina se puede observar como el terreno de juego está cercado por cuatro vallas amarillas, un buen número de luces de obras parpadeantes y once palancas retroexcavadoras. El césped llano por el que antes se escuchaba el susurro de un fado portugués es ahora tan transitable como un arrozal. El medio campo que antes servía como escenario, se parece más a un patatal chipriota, a un campo recién levantado, con hormigoneras y obreros con casco por encima. En el Real, desde que en junio comenzó la obra con los patronos, en lugar de deportistas se reclutan peones. Tipos más acostumbrados al olor del aceite que al papel couché. Si antes el verde cosmopolita madridista estaba decorado con estilo británico, cerámica argelina y se hablaba en portugués, ahora es un amasijo de hierros, una babel, un montón de escombros repartidos entre las filas de cemento. Como si el trote cochinero de michel salgado se hubiera levantado por encima del exotismo explosivo de ronaldo. Al mando de la faena, un tipo mustio cincelado en turín, reparte órdenes y escupitajos a partes iguales. Es capaz de mandar cuando empieza el partido al ingeniero de caminos, un inglés licenciado en Manchester, a por un bocadillo de calamares. De la misma forma que envía a su mejor soldado a hacer la mili a pamplona, enjaula en una banda al jilguero Robinho o se saca de un plumazo al estibador Julio, y lo intercambia por una réplica de la figurita sevillana de lo alto de un televisor. Queda poco para que una cuadrilla pase el tiempo perdido en la esquina de padre damián, jugándose los cuartos a los dados, porque el capataz les ha sorprendido intentando hacer un regate.
Sin embargo, el torneo es un atractivo tablero repleto de trampas en donde se gusta el intercambio de recetas de fortuna. Allá donde cae el primer oficial, surge Guti ataviado con la escuadra y el compás, dispuesto a intercambiar mérito por geometría. Ya en el centro del campo con la batalla llena de balas, Guti se despojará de la capa y sacará sus prismáticos: calculará la trayectoria del viento, ordenará milimétricamente las líneas del equipo. Con el tiempo, cuando el barro se agarre al calzón blanco, instigará al contrario a la búsqueda de la bola en su mesa de trilero. Para cuando el medio contrario levante el vaso escogido, Raúl ya cabalgará la banda con el billete entre los dedos.

Capitán Akab

lunes, 22 de enero de 2007

¿Que hay de nuevo viejo? o de como Saviola se hace un hueco a puñetazos

Enseñan en las escuelas de periodismo que es bueno dar tribuna libre a los que mantienen una posición diametralmente opuesta a la línea ideológica de tu medio para demostrar a tus lectores con la confrontación lo acertado de tus tesis. A mi siempre me ha parecido problemático porque corres el riesgo de que dsecubran que a veces tiene razón el otro. Así si en ABC ha escrito con libertad Santiago Carrillo no debería ver problema en que un madridista por aficción y por convicción como el señor Akab dedique un par de frases poéticas y admiradoras a uno de mis jugadores preferidos, por bueno, por guapo y por discreto (por ese orden). Pero sé que Akab me manda un regalo envenenado y que en el fondo envidia a nuestra perla y la quiere ver lejos defendiendo otros colores para poder amarle como se merece.

Me quedo con la conclusión de Pekerman ayer en El País, cuando Akab ya había firmado su texto (jijiji), yo también confío en la coherencia del equipo técnico:

"Sucede muchas veces que resulta difícil valorar lo de casa, y se busca en otros escaparates relucientes lo que se tiene en abundancia en el salón. Estoy convencido que un secretario técnico tan inteligente como Beguiristain, y un entrenador tan capaz como Rijkaard no dejarán escapar a ese pequeño gigante."

lunes, 15 de enero de 2007

Lo que duele a todos



“Así, Yahveh los dispersó de allí sobre la faz de la Tierra y cesaron en la construcción de la ciudad. Por ello se llamó Babel, porque allí confundió Yahveh la lengua de todos los habitantes de la Tierra y los dispersó por toda la superficie.”
Génesis 11: 1-9



Babel es el título del tercer acto de la sinfonía compuesta por el guionista Guillermo Arriaga y el director Alejandro González Iñárritu sobre nosotros, los humanos pobladores del mundo. Después de rodar Amores Perros (2000), ópera prima que le dio crédito en Sunset Bulevard para cambiar a Goya Toledo por Naomi Watts, y 21 gramos (21 Grammes, 2003), el dúo Iñárritu-Arriaga finiquitan la trilogía con esta nueva entrega de la misma fórmula que aplicaron a las otras dos: heterogéneas narraciones dentro de una misma película, que comparten o que se desencadenan a partir de un mismo incidente.


La trama de la película (que me impusieron ver) entronca con el viejo concepto de la torre de Babel en su visión más contemporánea. Abunda en las implicaciones y problemáticas que podemos reconocer en los telediarios o en las oscuras calles de nuestras ciudades. Esto es, los prejuicios raciales, las tipificaciones equívocas, los malentendidos, las oportunidades quebradas y todas esas fronteras que los bípedos con sentimientos erigimos a nuestros alrededor y que no sirven más que para separarnos y no ver el tendedero del de enfrente. Babel es la reflexión de cómo las diferencias culturales, formativas, físicas e idiomáticas son un castillo de naipes que se desvanece ante la racha de aire que genera cualquier dificultad, porque atención, son más importantes las semejanzas entre los hombres, que sus diferencias. Es muy posible que lo que le haga feliz a un marroquí sea distinto que lo que le hace feliz a una japonesa, y diferente a una mexicana, y desde luego no es lo mismo que lo que le hace estar dichoso a un yanqui. Sin embargo, el denominador común de todos ellos es que padecen de la misma forma el malestar, la angustia y los problemas. En la mueca de los retortijones de tripa somos todos más parecidos. En la peli empiezan hablando de las diferencias que separan a los seres humanos, pero en realidad de lo que se habla es de lo que nos une: la insolidaridad, la incomunicación, la angustia, el dolor. En estas coordenadas ya nos parecemos más (por eso París Hilton o Zaplana parecen extraterrestres).


Para que nos lo creamos mejor, el negro (que es el alias de Iñárritu) nos contextualiza la historia en un ambicioso rodaje ambientado en tres continentes y con un reparto multilingüe para contrastar más las diferencias. Pero Babel no es un viaje externo por el mundo de la pepsicola, en realidad es un viaje interno que nos conduce al tuétano de los huesos del humano. Un choque en el que confluyen varios puntos de vista diferentes que acaban de transformar la perspectiva del espectador, puesto que parte de unas premisas que se insinúan y después se amplían, no sólo con el paso del metraje, también con el transcurso de las horas. Es una película que indaga en lo personal de manera fundamental, aunque tangencialmente también en lo político.
La película está rodada con una técnica impecable que se encaja como un Lego gracias a un montaje sensacional. No en vano se encarga de ello Stephen Mirrione (Traffic, 2000, la saga Ocean’s… al completo, Buenas noche, buena suerte, Good night and good luck, 2005) que cose con aguja de plata las cuatro historias que proponen los mexicanos con una coherencia admirable. Sin embargo, me da que la receta Iñárritu con su reiterada utilización, se está comenzando a agotar. Otra vez lo mismo ya nos lo conocemos, y eso resta la frescura que apuntó en sus comienzos (seguro que el maldito Hollywood, siempre empeñado en vender camisetas, tiene algo que ver).




En cuanto al reparto, está formado por tres actores glamorosos y un puñado de intérpretes no profesionales. Aunque sea por lo novedoso, me quedo con los debutantes. El morito protagonista, Adriana Barraza y Rinko Kikuchi están muy por encima de los actores famosos que enseñan sus morritos y ponen sus posturitas. Mitad por sus papeles, bastante más interesantes y atrayentes, mitad porque nos aburrimos de ver siempre a las mismas caras. (A Cate Blanchet, eso sí, le invitaría a una copa sólo para gozar de su mirada transparente y de su aspecto delicado).


Lo mejor: como silban las balas de los niños por las gargantas grises de pastura magrebí. La tarde del jueves por las calles de Tokio a base de éxtasis y whisky de malta. Los trajes de colegialas japonesas. Que la entrada al paraíso de Tijuana sea de verdad tan sencilla. Las bocas desdentadas de los niños rubitos de San Diego, cuando demuestran a su nana que se han cepillado los dientes. El lengüetazo lascivo al dentista. El hachís del Magreb. Girar una gallina como un peón para luego decapitarla con un golpe de muñeca.



Lo peor: Brad Pis, o… ¿era David Beckham? Viéndolos nunca sé quién ha protagonizado el Club de la lucha, quién ha hecho el anuncio de Caguen Klein, quién centra pases con rosca templados al área chica, quién ha dado su apellido a los nietos de John Voight. El excesivo metraje del filme (horario semanal de 30 horas y pelis de noventa minutos, por favor). Algunas partes un poco forzadas del guión. Que la reina de los elfos pida una coca light en el desierto.



El dato: Alejandro González Iñárritu (espero que gane algún premio en yanquilandia para ver como pronuncian su apellido) comenzó su carrera dirigiendo un cortometraje para Televisa cuyo protagonista era… Miguel Bosé. (Seré tu amante bandido, bandido…), y participó junto con Win Wenders y Ken Loach en el proyecto dedicado a explicar la realidad de los atentados del World Trade Center de Nueva York, 11’09’’01. El protagonista fue Sergi Barjuán, el de la talla de un triángulo que fuera lateral izquierdo del Atlético de Madrid, el Barça y el combinado nacional…
(esto último es broma. Soy un chistoso).

Guillermo T. Coyote