domingo, 4 de febrero de 2007

Gutiérrez



Al inicio de la tarde el viento frío se levanta por la castellana entremetiéndose por entre la camiseta y el pantalón de la hinchada. Otro domingo que en lugar de disfrutar de un partido de fútbol, hay que ir al tajo.
Cerca de concha espina se puede observar como el terreno de juego está cercado por cuatro vallas amarillas, un buen número de luces de obras parpadeantes y once palancas retroexcavadoras. El césped llano por el que antes se escuchaba el susurro de un fado portugués es ahora tan transitable como un arrozal. El medio campo que antes servía como escenario, se parece más a un patatal chipriota, a un campo recién levantado, con hormigoneras y obreros con casco por encima. En el Real, desde que en junio comenzó la obra con los patronos, en lugar de deportistas se reclutan peones. Tipos más acostumbrados al olor del aceite que al papel couché. Si antes el verde cosmopolita madridista estaba decorado con estilo británico, cerámica argelina y se hablaba en portugués, ahora es un amasijo de hierros, una babel, un montón de escombros repartidos entre las filas de cemento. Como si el trote cochinero de michel salgado se hubiera levantado por encima del exotismo explosivo de ronaldo. Al mando de la faena, un tipo mustio cincelado en turín, reparte órdenes y escupitajos a partes iguales. Es capaz de mandar cuando empieza el partido al ingeniero de caminos, un inglés licenciado en Manchester, a por un bocadillo de calamares. De la misma forma que envía a su mejor soldado a hacer la mili a pamplona, enjaula en una banda al jilguero Robinho o se saca de un plumazo al estibador Julio, y lo intercambia por una réplica de la figurita sevillana de lo alto de un televisor. Queda poco para que una cuadrilla pase el tiempo perdido en la esquina de padre damián, jugándose los cuartos a los dados, porque el capataz les ha sorprendido intentando hacer un regate.
Sin embargo, el torneo es un atractivo tablero repleto de trampas en donde se gusta el intercambio de recetas de fortuna. Allá donde cae el primer oficial, surge Guti ataviado con la escuadra y el compás, dispuesto a intercambiar mérito por geometría. Ya en el centro del campo con la batalla llena de balas, Guti se despojará de la capa y sacará sus prismáticos: calculará la trayectoria del viento, ordenará milimétricamente las líneas del equipo. Con el tiempo, cuando el barro se agarre al calzón blanco, instigará al contrario a la búsqueda de la bola en su mesa de trilero. Para cuando el medio contrario levante el vaso escogido, Raúl ya cabalgará la banda con el billete entre los dedos.

Capitán Akab

lunes, 22 de enero de 2007

¿Que hay de nuevo viejo? o de como Saviola se hace un hueco a puñetazos

Enseñan en las escuelas de periodismo que es bueno dar tribuna libre a los que mantienen una posición diametralmente opuesta a la línea ideológica de tu medio para demostrar a tus lectores con la confrontación lo acertado de tus tesis. A mi siempre me ha parecido problemático porque corres el riesgo de que dsecubran que a veces tiene razón el otro. Así si en ABC ha escrito con libertad Santiago Carrillo no debería ver problema en que un madridista por aficción y por convicción como el señor Akab dedique un par de frases poéticas y admiradoras a uno de mis jugadores preferidos, por bueno, por guapo y por discreto (por ese orden). Pero sé que Akab me manda un regalo envenenado y que en el fondo envidia a nuestra perla y la quiere ver lejos defendiendo otros colores para poder amarle como se merece.

Me quedo con la conclusión de Pekerman ayer en El País, cuando Akab ya había firmado su texto (jijiji), yo también confío en la coherencia del equipo técnico:

"Sucede muchas veces que resulta difícil valorar lo de casa, y se busca en otros escaparates relucientes lo que se tiene en abundancia en el salón. Estoy convencido que un secretario técnico tan inteligente como Beguiristain, y un entrenador tan capaz como Rijkaard no dejarán escapar a ese pequeño gigante."

lunes, 15 de enero de 2007

Lo que duele a todos



“Así, Yahveh los dispersó de allí sobre la faz de la Tierra y cesaron en la construcción de la ciudad. Por ello se llamó Babel, porque allí confundió Yahveh la lengua de todos los habitantes de la Tierra y los dispersó por toda la superficie.”
Génesis 11: 1-9



Babel es el título del tercer acto de la sinfonía compuesta por el guionista Guillermo Arriaga y el director Alejandro González Iñárritu sobre nosotros, los humanos pobladores del mundo. Después de rodar Amores Perros (2000), ópera prima que le dio crédito en Sunset Bulevard para cambiar a Goya Toledo por Naomi Watts, y 21 gramos (21 Grammes, 2003), el dúo Iñárritu-Arriaga finiquitan la trilogía con esta nueva entrega de la misma fórmula que aplicaron a las otras dos: heterogéneas narraciones dentro de una misma película, que comparten o que se desencadenan a partir de un mismo incidente.


La trama de la película (que me impusieron ver) entronca con el viejo concepto de la torre de Babel en su visión más contemporánea. Abunda en las implicaciones y problemáticas que podemos reconocer en los telediarios o en las oscuras calles de nuestras ciudades. Esto es, los prejuicios raciales, las tipificaciones equívocas, los malentendidos, las oportunidades quebradas y todas esas fronteras que los bípedos con sentimientos erigimos a nuestros alrededor y que no sirven más que para separarnos y no ver el tendedero del de enfrente. Babel es la reflexión de cómo las diferencias culturales, formativas, físicas e idiomáticas son un castillo de naipes que se desvanece ante la racha de aire que genera cualquier dificultad, porque atención, son más importantes las semejanzas entre los hombres, que sus diferencias. Es muy posible que lo que le haga feliz a un marroquí sea distinto que lo que le hace feliz a una japonesa, y diferente a una mexicana, y desde luego no es lo mismo que lo que le hace estar dichoso a un yanqui. Sin embargo, el denominador común de todos ellos es que padecen de la misma forma el malestar, la angustia y los problemas. En la mueca de los retortijones de tripa somos todos más parecidos. En la peli empiezan hablando de las diferencias que separan a los seres humanos, pero en realidad de lo que se habla es de lo que nos une: la insolidaridad, la incomunicación, la angustia, el dolor. En estas coordenadas ya nos parecemos más (por eso París Hilton o Zaplana parecen extraterrestres).


Para que nos lo creamos mejor, el negro (que es el alias de Iñárritu) nos contextualiza la historia en un ambicioso rodaje ambientado en tres continentes y con un reparto multilingüe para contrastar más las diferencias. Pero Babel no es un viaje externo por el mundo de la pepsicola, en realidad es un viaje interno que nos conduce al tuétano de los huesos del humano. Un choque en el que confluyen varios puntos de vista diferentes que acaban de transformar la perspectiva del espectador, puesto que parte de unas premisas que se insinúan y después se amplían, no sólo con el paso del metraje, también con el transcurso de las horas. Es una película que indaga en lo personal de manera fundamental, aunque tangencialmente también en lo político.
La película está rodada con una técnica impecable que se encaja como un Lego gracias a un montaje sensacional. No en vano se encarga de ello Stephen Mirrione (Traffic, 2000, la saga Ocean’s… al completo, Buenas noche, buena suerte, Good night and good luck, 2005) que cose con aguja de plata las cuatro historias que proponen los mexicanos con una coherencia admirable. Sin embargo, me da que la receta Iñárritu con su reiterada utilización, se está comenzando a agotar. Otra vez lo mismo ya nos lo conocemos, y eso resta la frescura que apuntó en sus comienzos (seguro que el maldito Hollywood, siempre empeñado en vender camisetas, tiene algo que ver).




En cuanto al reparto, está formado por tres actores glamorosos y un puñado de intérpretes no profesionales. Aunque sea por lo novedoso, me quedo con los debutantes. El morito protagonista, Adriana Barraza y Rinko Kikuchi están muy por encima de los actores famosos que enseñan sus morritos y ponen sus posturitas. Mitad por sus papeles, bastante más interesantes y atrayentes, mitad porque nos aburrimos de ver siempre a las mismas caras. (A Cate Blanchet, eso sí, le invitaría a una copa sólo para gozar de su mirada transparente y de su aspecto delicado).


Lo mejor: como silban las balas de los niños por las gargantas grises de pastura magrebí. La tarde del jueves por las calles de Tokio a base de éxtasis y whisky de malta. Los trajes de colegialas japonesas. Que la entrada al paraíso de Tijuana sea de verdad tan sencilla. Las bocas desdentadas de los niños rubitos de San Diego, cuando demuestran a su nana que se han cepillado los dientes. El lengüetazo lascivo al dentista. El hachís del Magreb. Girar una gallina como un peón para luego decapitarla con un golpe de muñeca.



Lo peor: Brad Pis, o… ¿era David Beckham? Viéndolos nunca sé quién ha protagonizado el Club de la lucha, quién ha hecho el anuncio de Caguen Klein, quién centra pases con rosca templados al área chica, quién ha dado su apellido a los nietos de John Voight. El excesivo metraje del filme (horario semanal de 30 horas y pelis de noventa minutos, por favor). Algunas partes un poco forzadas del guión. Que la reina de los elfos pida una coca light en el desierto.



El dato: Alejandro González Iñárritu (espero que gane algún premio en yanquilandia para ver como pronuncian su apellido) comenzó su carrera dirigiendo un cortometraje para Televisa cuyo protagonista era… Miguel Bosé. (Seré tu amante bandido, bandido…), y participó junto con Win Wenders y Ken Loach en el proyecto dedicado a explicar la realidad de los atentados del World Trade Center de Nueva York, 11’09’’01. El protagonista fue Sergi Barjuán, el de la talla de un triángulo que fuera lateral izquierdo del Atlético de Madrid, el Barça y el combinado nacional…
(esto último es broma. Soy un chistoso).

Guillermo T. Coyote

miércoles, 10 de enero de 2007

El espíritu de Juanito




A pocos minutos de empezar el partido, a la luz blanca de la caseta del vestuario se alumbraba un prodigioso conjuro que hacía pesar quintales a la atmósfera y sudar pánico a las paredes. Las arengas de los veteranos servían para tensar a partes iguales cuádriceps y mandíbulas. Así, los jugadores asumían el reto de torcer, en su pulso, la muñeca del destino. Ayudaba también la hinchada que, sobrecogida, no se resignaba a creer que el Real fuera aquel del vapuleo sufrido en la ciudad de Moenchengladbach, o antes en Anderlecht. En cualquier caso, en la fresca tarde del miércoles, los cinco goles encajados en la ribera del Rhin se antojaban una pendiente complicada de superar.


La hueste formada por Camacho, Juanito, Stilike o Santillana se ataviaba con la coraza del paladín: la que guarda la pelota con celo, la que distancia al contrario en la lucha y, en definitiva, la que compromete el futuro con la voluntad. Aquella milicia del balompié no se conformaba con la copa brillante, quería la gloria luminosa.
Mientras tanto, el tiempo llovía templado sobre el área grande del rival. El minuto se descomponía lánguido en sesenta segundos a la monótona marcha del reloj de arena. Vaciando trescientos mil granos de arena, lentamente, para dejar marchar, agarradas, las centésimas del encuentro.


Camacho no se resistía a cuidar el carril izquierdo: se apoderaba de él. Juanito se inventaba requiebros verbales y trazaba chicuelinas de gol. El niño Butragueño desaparecía con el balón en los pies, era invisible y se esfumaba en el aire. O Santillana, en fin, atravesada de un soberbio testarazo la puerta del triunfo a poco de silbar el término de la batalla. Cuatro a cero. De esta forma mostró el orgullo. Así se tejieron los galones del Campeón. Con estos tipos, alejados de las portadas del Sports Ilustrated, era mucho más sencillo presionar en bandada, o pisar el césped con la segura garra del rey de la selva. Una actitud valiente que se transmite al contrario y le infecta en su ánimo un lapso fatalista y vacilante.
Nadie se ha percatado que la falta de Gento, Hierro o Pirri no obedece sólo a un listado de nombres que hay que reponer, sino a un estilo que hay que recuperar. Después de unos días desde la capitulación de Riazor y a varios días de distancia de la contienda de Chamartín, no es preciso que el Madrid gane a su rival, lo importante es que lo destroce a base de buen fútbol, o lo que es lo mismo, se reconozca en el espejo de su historia.


Bastaría con que Ronaldo cambiara su cara risueña por la aterradora del Coronel Kurtz. Que Guti se apartara el pelo de la cara en señal de duelo recitando improperios chelis en alto. En suma, que Raúl se atreviera a mirar fijamente al capitán contrario en el minuto cero, y con el siete volando en el aire eléctrico de la noche, darle el amenazador mensaje que su antecesor, Juan Gómez, dio una vez al más duro de sus enemigos: “Noventa minuti in Bernabéu son molto largo”.

C.Akab





martes, 5 de diciembre de 2006

Cuando el amor duele





El amor contenido es una forma de amar que utilizamos como mecanismo de defensa cuando la situación amenaza, -para nosotros o para alguien que deseamos-, un riesgo de herida en el corazón, donde cualquier arañazo se regenera con años de retraso. Al amor contenido se le ve venir, porque suele revelar los síntomas del enamoramiento en una versión comedida de nosotros mismos, algo así como si percibiéramos la experiencia envuelta en papel glad: vemos, pero no tocamos. El denominador común del amor contenido es permanecer mucho tiempo y de forma obligada con la persona en cuestión, lo que conduce invariablemente a una especie de síndrome de Estocolmo con música de Cole Porter, o de Nat King Cole, según casos. Se da con frecuencia entre compañeros de trabajo, entre hermanos (sólo en los casos más apasionantes), o como dice Wong Kar-Wai (Shangai, 1968), entre vecinos. Es un sentimiento jodido cuando se padece, porque no se consuma, languidece en el tiempo como una mala operación de rodilla, y si no se olvida pronto, te lleva a un callejón en el que es obligatorio escalar un muro incisivo en donde siempre te dejas algún jirón o, a veces, hasta te partes la crisma. En suma, el amor contenido es una forma de amar muda, dolorosa, que sólo se resuelve con unas copas en el Bada Bing! de Tony Soprano, o con un kilo de ibuprofeno.



Esta experiencia la transmite de una forma infinitamente más poética el director de cine Kar-Wai en el exquisito título Deseando amar, In the mood for love (Huayang Nianhua, 2000), que es en sí mismo toda una declaración de intenciones. La película es un ensayo a lo nouvelle vague sobre el amor, que también repara en territorios tan interesantes como la soledad o la introspección. Para esta lucha contra el desamor (o contra el amor, según se mire) atavía el chino con escuadra y cartabón a sus dos protagonistas, al señor Chow (Tony Leung, un actor de la hostia) y a Li-Zhen (Maggie Cheung, que debió derretir al director de casting con un leve parpadeo) y los hace moverse por el Hong Kong de los sesenta, que es algo así como un catálogo de pret a porter, un tratado sobre el buen gusto, sofisticado, en donde todo está iluminado con detalle. Además, para que lo padezcamos debajo de nuestra piel de reptil, Kar-Wai filma todo esto con la misteriosa sustancia que traspasa la aleación de una cámara de raso, una atmósfera lluviosa y un concierto de violines.



Un hombre como el señor Chow, (o como yo), capaz de levantarse en la noche de perros de su propio funeral a cortar algo de leña para que los muchachos entren en calor, es un escritor con el que alterna Li-Zhen, cuando las parejas de ambos les engañan manteniendo una relación amorosa. A partir de este momento, la pareja protagonista se pega con pegamento imedio y comienza un inesperado juego de psicodrama que les resulta de suma ayuda para afrontar la relación con sus cónyuges y por extensión, con el resto de su vida.



Toda la narración se observa desde el quicio de la puerta, desde la esquina de la calle o desde el descansillo de la escalera, como si estuviéramos robando fragmentos de conversaciones que no nos perteneciesen. Trozos de puzzle sin instrucciones que cada uno debe montar a su antojo, como haya aprendido o le hayan enseñado. En esta cinta, atención, la historia no se cuenta, se sugiere. Ya anticipo que hablamos de sentimientos, de emociones, porque es una experiencia conmovedora, que arrebata por su belleza, su elegancia y su sensualidad. Para alcanzar este grado de plasticidad y estética, el director de cine no habla, recita, o mejor, susurra una historia contada en cine moderno, a la que se le advierte la sensibilidad oriental de los dioses de ojos oblicuos. La de Mizoguchi, Kurusawa, Ozú y tantos otros. (No ver Los cuentos de la luna pálida (1953), Dersu Uzala, (1975) o Viaje a Tokio (1953) es un Necesita Mejorar en el boletín de notas de este primer cuatrimestre).



Así, este ejercicio de estilo que algunos califican de artificio, se lleva a cabo con una técnica impecable, con un montaje concienzudo que sirve para marcar el ritmo de un metrónomo de cuerda tan sólo alterado por la utilización de los boleros. Cada vez que pinchan uno en la película, se consuma el prodigio de detener el tiempo. Utiliza también herramientas de ese bazar de materiales que es la poesía, como la repetición de escenas, las elipsis temporales o los fueras de campo, lo que hace que contenga varias dimensiones de sentimiento y requiera de la implicación emocional del espectador.
Para hacer esta peli se necesita cultura, sensibilidad y lucidez. Materiales que si bien no escasean, son difíciles de encontrar.



El dato

Cuando el conjunto de Hong-Kong dejó de ser una colonia de Gran Bretaña para regresar al control chino, el Gobierno Popular de Pekín prometió que durante cincuenta años todo permanecería intacto en la región. El Hong-Kong de 1997 mantendría su forma de vida, sus derechos, sus libertades, su naturaleza capitalista. Un país, dos sistemas, se dijo. Wong Kar Wai leyó la noticia en la isla de Shikoku, al sur del Japón mientras sorbía un bol de fideos blancos udon. Pensó entonces en algo que permaneciera invariable dentro de ese tiempo, y concluyó que el amor no consumado es lo que produce la penitencia más perdurable. 2046 era la historia, pero para dar más profundidad al tema se decidió por hacer primero In the mood for love. Deseando amar es el antes, mientras que 2046 es el después del señor Chow.



Epílogo
Paseaba por la Via Beneto, rebotando con la Vespa por el empedrado, cuando encontré una cría desmayada en la acera. Parecía una delicada muñeca de cerámica cubierta por un entallado traje verde, de cuello de cisne y manga francesa. Saltó de Blow Up y para desvanecerse en Roma. Era Alba Rosetti. Una niña preciosa. Detuve la moto y traté de reanimarla. Tardó unos segundos en despertar. Cuando al fin abrió los ojos y descubrí el verde de su mirada, me vino al estómago una coz que hizo que entendiera en todo su significado aquella estrofa que sonaba las mañanas de los domingos en casa de mi madre: No saben las tristezas/ que en mi alma han dejado/ aquellos ojos verdes/ que ya nunca olvidaré…
Guillermo T. Coyote


viernes, 24 de noviembre de 2006

En este mundo

Nuestra falta de alta cultura no tiene límite. Después de llevar actualizando con precisión como Angelina Jolie lleva la depresión post parto, como está recuperando la figura, como come hamburguesas, como la caraterizan para su nueva peli, después de fotogrofiar a diario a su "marido" y a su familia, de documentar su set de rodaje, ahora nos enteramos que estamos colaborando con la promoción de la nueva película de Michael Winterbottom. Este es uno de esos cineastas de los que los europeos nos sentimos orgullosos porque nos asegura la patrimonialización del cine de autor frente al cacareado autor de blockbustar tan al gusto americano. Pero estos prejuicios son los mismos autores los que los rompen, y así resulta que Michael se ha puesto mano a mano a trabajar con la pareja sin duda más mediática, buscada y fotografiada de la actualidad. Si esto no es la mezcla perfecta para Beijing Chic qué puede ser.

La película está basada en el libro de Mariane Pearl y Sara Critchon sobre la vida y el asesinato del periodista del Wall Street Journal en Pakistán, "A Mighty Heart: The Brave Life and Death of My Husband Danny Pearl" y es la propia Angelina la que encarnará a su esposa, (casting polémico porque esta mujer es afroamericana), y es el mismo Brad Pitt el que se ha encargado de la producción.

La filmografía de este autor es tan solvente que podemos esperar una gran película. Nuestro hombre de cine se ha encargado de reseñar una película de Michael con su habitual pasión y subjetividad.




En este mundo

Jamal es un niño afgano que vive en el campo de refugiados de Shamshatoo, un asentamiento paquistaní cerca de la frontera con Afganistán creado en octubre de 2001 como consecuencia de los bombardeos indiscriminados estadounidenses contra los talibanes. Jamal es un huérfano que habita en una casa de arcilla y subsiste gracias a un humilde trabajo en una fábrica de ladrillos. Al principio no es más que un niño bebiendo agua bajo un sol plano y un cielo inmenso. A su alrededor no hay más que un puñado de casuchas, un océano de arena y lamentablemente, una infinita pobreza.

Pero la vida de Jamal va a cambiar de verdad, cuando a su primo Enayatullah le propone su padre la oportunidad de pelear por una vida mejor en Londres. A Jamal no le lleva más que una tarde convencer a su tío para que él también forme parte del viaje. Su primo a pesar de que es mayor que él, no es muy avispado, y además sólo conoce un idioma, el pastún. Él, a pesar de su corta edad, ya chapurrea el inglés y es listo como un conejo. Su tío observa cómo su hijo asiente las palabras del chico mientras ufano, se introduce un dedo en la boca. Y se convence. A partir de este momento, se inicia la prometedora travesía que dará sentido a su existencia, la empresa que más de un millón de refugiados llevan a cabo cada año, la búsqueda de un moderno El Dorado, la hazaña de los que quieren hacer valer su derecho a una vida digna.



Los dos primos ponen sus vidas en manos de los contrabandistas para recorrer los seis mil kilómetros que separan sus pies del Weather Center de Londres, por tierra, atravesando los países más fustigados por las guerras en el último lustro, sin papeles, y con un dinero limitado que, como el agua en el cesto, no hace más que desaparecer. Pakistán, Afganistán, Irán, Turquía. Un road movie de verdad, real, sin concesiones y sin juegos de artificio, un rayo que se clava como un puntero fijo en el cerebro. Lo magnífico es que cada espectador que visione esta película, contemplará con otra mirada a los emigrantes. Considerándolos de la cabeza a los pies, comprendiendo la injusticia de sus miserias.



El difícil camino se completa con el salto a la opulenta Europa. Les aguarda todavía conocer las bondades con las que recibimos a los refugiados, cómo mostramos nuestra solidaridad con sus desgracias, nuestra conocida piedad para agasajar a los que vienen huyendo del caos. Este paso al viejo continente, se vive con un horror parecido al que se siente cuando los nazis conducían a los judíos a la muerte y estos aguardaban los instantes previos a las duchas de gas. O esa enormidad de angustia que se percibe cuando asistes a una secuencia en la que alguien se ahoga encerrado en una caja fuerte que se pierde en el mar. Terrible. Una vez que se asiste a este viaje opresivo, por supuesto de polizón, sólo cabe recordarlo como la proeza de Trieste. De Italia a Francia, de allí a Inglaterra. Con los ojos de un búho se suceden ante uno las miserias que padecen por sus calles, las desgracias que sufren, los miedos que los envuelven, y se experimenta por un momento la suerte del desamparo, que es algo así como caminar cojo y burriciego por el filo del acantilado. Y todo para llegar al mundo de las oportunidades donde todo es posible se convierte en un eslogan mentiroso y desdichado, porque solucionar este problema debería ser prioritario para la sociedad.



Pues eso mismo se imaginó Michael Winterbottom sacando del anonimato a Jamal y Enayatullah, que son en realidad dos refugiados convertidos por el director en intérpretes de sí mismos, para impartir una lección de realidad al respetable. Filmada en formato documental, con una agradecida duración (menos de noventa minutos), y una excelente fotografía, la película es cinematográfica y políticamente arriesgada. El mensaje político del filme es una denuncia tanto de los daños colaterales de toda guerra, como del trato que reciben quienes llegan a Europa huyendo de la miseria. Es un magnífico instrumento para evidenciar la situación que padecen millones de personas que son víctimas de las políticas belicistas e imperialistas.



Apuntar sólo que se hizo con el oso de oro de la berlinale (con el constipado que me abraza, sueno un poco como Antonio Gasset) y se convirtió en punta de lanza de las protestas pacifistas del año. El prolífico Winterbottom tiene varios trabajos orientados en este sentido, como Welcome to Sarajevo (1997) o Road to Guantánamo (2006), aunque cultiva toda clase de géneros con unos resultados óptimos (ver Wonderland (1999) es casi una obligación).
“Mi película nació como reacción a esa Europa que se cierra al drama de millones de refugiados”. M.W.



Epílogo
El poeta surrealista francés Roberto Desnos escribió lo siguiente en Le Journal Littérarie antes de luchar contra los nazis en la resistencia: “Lo que nosotros pedimos al cine es el imposible, lo inesperado, el sueño, la sorpresa, el lirismo, que borren las bajezas de los ánimos y los precipiten colmados de entusiasmo sobre las barricadas, y las aventuras; lo que pedimos al cine es aquello que el amor y la vida nos niegan, es el misterio, es el milagro.”
Desnos también tuvo su particular peregrinaje a través de prisiones y campos de trabajos forzados, desde Francia hasta la antigua Checoslovaquia. Desfalleció por falta de fuerzas en medio de la explanada principal del campo de concentración de Terezin, el ocho de julio de 1945, cuando un pelotón de soldados rusos les liberaban de su horror de cuatro años. Tampoco él cató el milagro.
Guillermo T. Coyote

viernes, 10 de noviembre de 2006

La esencia perdida

Después de (que me forzaran a) ver la película Infiltrados de Martin Scorsese, basada en un filme de acción chino, Wu Jiao Dao, de Wai Keung Lau y Sin Fai Mak, que a la izquierda del hemisferio se tradujo como Infernal Affairs, salí del cine poco más o menos igual que cuando entré. Si acaso, un poco más viejo.
La película venía avalada (más que por la película hongkonesa) por su director. Martin Scorsese está considerado como uno de los grandes directores vivos. Además, ha realizado alguna película que se puede considerar en sí misma como una obra maestra de su disciplina. Si digo que Taxi Driver (1976) Toro salvaje (Raging Bull, 1980) o Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) son equiparables a las sesiones en el Savoy de Charlie Parker, al puente de Brooklin o a la Judith I de Gustav Klimt, no yerro el lanzamiento por muchas yardas. Por este motivo a Scorsese hay que tenerle, cuanto menos, un profundo respeto. Es un director al que le gusta mucho el cine, (de pequeño era asmático y su padre lo compensaba llevándolo a diario a ver películas), y eso se nota en sus trabajos. Tiene precisión en la conducción de la cámara. Maneja una extraordinaria soltura visual para contar las historias, escoge de forma impecable las bandas sonoras y aún por encima, aporta al lenguaje narrativo una evolución con algunos guiños de personalidad.



Ahora bien, el hecho de que un jugador de baloncesto anote diez triples en un partido no lo convierte en infalible por todas las canchas. Scorsese vuelve a las malas calles con una historia de mafia un poco fría y con mucho humo. Abandona a la familia siciliana a la que pertenece y se pasa al bando de los irlandeses, que también pegan duro, pero son otra cosa más verde. La declaración de intenciones del director italo-americano se percibe en un plano de la película en el que Scorsese reproduce en una televisión El delator, (The informer, 1935), de John Ford.

Puede que el fallo estribe en la elección de la historia, que a pesar de ser un tema muy interesante y que pudo funcionar bien en la concepción de cine asiático, más esquemática, con menos concesiones a mostrar los sentimientos, con actores probablemente mejores…, en esta cinta no se completa, más bien se percibe una historia blanda, adulterada, sintética.

Lo que subyace de la historia principal ya digo que está bien, porque encaja de puta madre en el momento político en el que estamos. La atmósfera de desconfianza y ambigüedad se ha extendido por todo el mundo con los últimos conflictos bélicos. Miras los informativos de la tele y no sabes muy bien quién coños son los buenos y quiénes son los malos (militares torturadores, concejales corruptos). El argumento de la peli trata de eso, de los infiltrados que trabajan en la difusa frontera que separa, en este caso, a la mafia irlandesa de la policía de Massachussets.

La adaptación que ha hecho William Monaghan, a pesar de que consigue revelar esa visión oscura de la realidad que sufrimos, (ratas por todas partes, ratas hasta paseándose por un soleado ático, o por la casa blanca), no lo logra así en otros ámbitos importantes de la trama, y esto provoca una falta de credibilidad permanente.
A la intriga, como si de un queso gruyere se tratase, se le encuentran agujeros por todas partes. Hay casualidades demasiado estiradas, como la de los dos topos protagonistas. Uno es el topo de la mafia en la policía y el otro es el topo de la policía en la mafia. Les dan vida Matt Damon y Leonardo di Caprio, dos actores tan prescindibles como intercambiables. Hay que afinar la vista para separar a los dos niñatos durante alguna de las secuencias en las que se arañan. El caso es que los dos personajes pertenecen al mismo barrio, se han criado en el mundo rocoso de la mafia, estudian en la misma academia de policía, donde juegan el mismo partido de rugby, después son destinados a la misma comisaría y en todo este proceso no reparan el uno en el otro, no se conocen. Por si fuera poco, con el tiempo comparten relación amorosa con la misma mujer, (una rubia lechosa) sin tampoco saberlo. Afortunadamente, la historia dura hasta antes de que los dos se decidiesen a comprar el mismo perro. En fin, que toda la trama está enfocada a mostrar la dicotomía a la que se enfrentan estos dos protagonistas, los peligros cotidianos a los que se ven expuestos y los conflictos psicológicos que se desatan de tanto estrés.



El capo de esta cuadrilla de maleantes es Jack Nicholson. Una apuesta arriesgada porque siempre te expones a que el bueno de Jack trascienda de su papel de gánster para convertirse en él mismo. En esta peli el personaje del Jefe se aparta de arquetipos anteriores para interpretar a un Mefistófeles moderno. Un extraño personaje con camisas hawaianas que va por la vida sacudiendo faldas, espantando clérigos y buscando almas en oferta. El intérprete, de naturaleza hiperbólico, se eleva por encima del personaje (varios cuerpos) y termina caricaturizándole, así que al final da la sensación de que el protagonista de Mejor imposible (As good as it gets, 1997) es el que está negociando la entrega de unos microchips con los chinos superchungos.



Del resto del reparto ni chicha, ni limoná. Un poco más de lo mismo, como un café con demasiada agua. Martin Sheen, Mark Wahlberg y Alec Baldwin son en realidad personajes sin identidad propia que dicen sus frases sin grandes alardes. A Wahlberg le faltan unos centímetros para que de verdad acojone. No le alcanza ni de puntillas. Hago mía la frase de un colega: ninguno de los personajes consigue hipnotizarme ni esto (y crea con los dedos un espacio muy chiquitito).





Ni voy a mencionar el melifluo momento romántico, debido a que es intrascendente, superficial y forzado. La psicóloga que trabaja para la policía y se beneficia a los dos agentes, parece más bien una ejecutiva que vende tipos de interés. Y si no fuera porque es mentira, diría que no está ni buena.
La trama mantiene su continuidad dejando escaso margen al aburrimiento, porque ya digo que está bien rodada, pero se le advierten (como el mencionado triángulo amoroso o la sobredosis de teléfonos móviles) ciertos baches de intranscendencias. Son territorios conocidos, al fin y al cabo. Con desmedida duración, al final se incrementa el ritmo de la narración y el suspense de la historia para llegar al oportuno desenlace. Digo oportuno porque ya miré el reloj.
Lo mejor: Gime Shelter de los Rolling Stones a toda pastilla en el principio de la película. Una recomendación si te gustan este tipo de tramas es El hombre que fue jueves, de G. K. Chesterton. Una curiosidad que mide la talla de los premios cinematográficos yanquis: mientras que Scorsese no tiene ningún Oscar el memo de Damon sí, como guionista.



Es mala la racha que atraviesa Martin. Después de sus últimas cuatro películas la cosa se pone fea. Pero yo, confío. Al final, nuestro Martin se avendrá a lo que conoce y regresará al barrio con los muchachos del Lower East Side, en Little Italy, donde le espera un mantel de cuadros rojos y un habano de contrabando. Aquí, él ya lo sabe, sigue siendo unos de los nuestros.

Guillermo T. Coyote.