domingo, 5 de octubre de 2008

El que la hace la paga







El automóvil alcanzó la esquina de la mansión de los Jenkins y se detuvo. Algunos vecinos se apiñaban en la verja hasta el punto de que formaban una multitud. Entre ellos se abrió paso el detective. Después de mostrar la placa al agente de guardia recorrió los escasos cien metros hasta el jardín, donde se encontraban los muchachos. Pudo ver entonces a la señorita Jenkins tendida sobre la hierba, toda arropada con sangre reseca. Innumerables balazos le agujereaban el cuerpo y la cabeza. El detective se sintió bien con todo aquello. En cierta manera se alegró de verla muerta a dos pasos de la piscina. Fue el suyo un contento apacible, un alivio de alguna presión imposible de especificar que sentía en los hombros y en el pecho. Le relajó aquella muerte espantosa. Su mente se extasiaba con la antipatía hacia los demás y su cuerpo también. Jenkins físicamente era bella, asquerosamente rica, tenía una gran personalidad y disfrutaba de los hombres hasta en el tazón de los cereales. Razones de sobra para sentir una euforia clandestina ante una muerte horrible. La señorita Jenkins había muerto para que él viviera.

martes, 15 de julio de 2008

Hoy te visto, por el parque, caminando




La voz de Isabel había perdido aquel arrebatador atractivo de antaño; sus ojos verdes no brillaban ahora cual solían brillar cuando bebía vino, cuando se retiraba delicadamente el flequillo de la frente con las yemas de los dedos, cuando corría por el pasillo para buscar la toalla, totalmente desnuda. Era quizá su naturalidad lo que brillaba; era su espontaneidad; los labios frescos cuando pintaba, la lengua escorada en la comisura de los labios cuando escribía... Una noche robó un coche del garaje porque quería volar, otro día fumó cigarrillos en un almacén de pirotecnia, incluso convirtió el oro, de incalculable valor, en láminas de pacotilla…, todos la adoraban.



El farolero

Fotos de The Fashion Spot

viernes, 15 de febrero de 2008

El niño Silva

Contaba el primer entrenador de Silva (Arguineguín, Gran Canaria, 1986) que cuando lo vio en el polideportivo corriendo detrás de una pelota le pareció descubrir un querubín alado. Sonaba un poco cursi el comentario, o quizás obsceno, viniendo como venía de un cuarentón con bigote que se rascaba la entrepierna. Sin embargo, el estilo final del 21 ha confirmado la impresión inicial. El chico parece completamente liviano en la balanza del juego y mantiene con la pelota el vínculo sensual que siempre distingue a los cracks de los jugadores de fútbol. El tenue canario se ha convertido en un mediapunta de zigzag, una libélula capaz de regatear tres contrarios en la barra de un pasamanos. Su relación con el balón no recuerda tanto a la conexión del pintor con el color, sino a la asociación de dos especies creativas obligadas a convivir. Tal simbiosis aparece tan vital para el niño humano como para su camarada esférico. Sin la pelota Silva es un muñeco de serrín con ojos rasgados. Sin Silva la pelota es una figura plana de cuatro líneas rectas.
Presten atención a la banda izquierda de la roja. Allí, si permanecen mirando el tiempo adecuado, verán que el niño Silva después del gol para sofocar el humo del revólver.

Javier C. Akab

martes, 8 de enero de 2008

El ruido que no oiste nunca









Veamos… aquella noche de otoño, cinco o seis años antes de la madrugada trascendente, crucé al costado derecho de la calle Bailén y rebasé la muralla árabe hasta el viaducto. Pasaban dos horas desde la medianoche, caía una lluvia fina que dispersaba a los escasos transeúntes y Madrid se silueteaba hacia el oeste en un mar de pequeñas luces amarillas. Acababa de separarme de un compañero que, sin duda, ya roncaba vencido por el ron. Me sentía feliz con aquel paseo, un poco acorchado, anestesiado de espíritu, irrigado por una sangre tibia como el agua que caía. En el puente me crucé con una chica pálida que parecía examinar el horizonte. Entre los húmedos cabellos rubios y el cuello de tafetán de su gabardina me llamó su nuca, fresca e inclinada, pero proseguí mi camino después de una breve duda. Había recorrido ya unos metros cuando escuché de pronto un alarido agudo que se ahogó rápido. El silencio que siguió me pareció interminable. Quise correr y no pude. Seguí escuchando a las gotas de lluvia estrellarse contra el asfalto inmóvil. Después me alejé con pasos rápidos y cortos. No avisé a nadie. Nunca dije nada.

viernes, 23 de noviembre de 2007

Genio y Figura


Vi por primera vez a Fernando Fernán-Gómez (Lima, 1921, Madrid, 2007) cuando era alevín, acompañado de mi abuelo durante una sesión contínua en el desaparecido cine Consulado de la calle Atocha. En la oscuridad de la sala apareció en pantalla un tipo desgarbado en mangas de camisa blanca, con una cara peculiar en donde destacaba el pelo panocha en remolino y una narizota con la que hubiera podido competir con posibilidades en un campeonato de zanahorias. Durante aquella película, El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), quedé prendado por la voz grave y por el brillo derramado de sus profundos ojos azules. Me lo creí entero. Esa sensación auténtica y compleja nunca abandonó al actor en sus posteriores trabajos, aunque el guión o la película fueran un castigo.

Hijo de la actriz Carola Fernán-Gómez, escuchó sus primeros aplausos en el útero materno, deslizándose de él poco tiempo después en plena gira teatral por latinoamérica. Fue criado huérfano de padre, por su madre y su abuela (“Ellas se esforzaban en que me pareciera natural el hecho de no tener padre y yo me esforzaba en que ellas no se dieran cuenta de que yo me daba cuenta de que aquello no era normal”), en un momento en donde nuestro país adquiría un color grisáceo, apagado, y la vida había de soportarse con un ánimo de mármol entre las manos para pasar, sucesivamente, las etapas más lóbregas de la España reciente: guerra civil, posguerra y dictadura. A pesar de ello, el joven Fernando comenzó a improvisar chascarrillos y chanzas en compañías teatrales de aficionados (su primera oportunidad se la da Enrique Jardiel Poncela al ofrecerle el papel de Peter el pelirrojo en Los ladrones somos gente honrada, 1940), haciéndose actor, un oficio que no se avenía a su carácter y que, sin embargo, le iba a reportar una vida de bohemia. Esta iniciativa no le privó de adentrarse en otros ámbitos culturales. Abandonó la carrera de filosofía y letras por su cada vez mayor actividad como cómico profesional (llegando a participar en más de 150 películas como actor en 50 años de profesión), iniciando a la vez trabajos de escritor, realizador, dramaturgo o articulista con resultados destacados, componiendo una personalidad humanista, barbada de inquietudes culturales casi renacentistas.



En cine (toda la vida es cine), hay que señalar su mejor compromiso. Una oleada de ejemplos irrumpe en su filmografía: Domingo de carnaval (Edgar Neville, 1945); El anacoreta (Juan Esterlich, 1976); Belle epoque (Fernando Trueba, 1992); El abuelo (José Luís Garci, 1998); La lengua de las mariposas (José Luís Cuerda, 1999); o las dirigidas por él mismo: La vida por delante, 1958; La vida alrededor, 1959; El extraño viaje, 1964; la increíble El viaje a ninguna parte, 1986 (con una secuencia que es para enmarcar en las filmotecas); La silla de Fernando (David Trueba, José Luís Alegre, 2006) último estreno que fui a ver al cine y tan recomendable como una noche de placer, o el largometraje con guión suyo Las bicicletas son para el verano (Jaime Chávarri, 1984).

Afortunadamente Fernando es ya un mito, y los mitos pasan a la inmortalidad de la memoria (de los discos duros, de los deuvedés, de los libros). Sin embargo, hay que esforzarse por imaginar a Fernando preservando la actitud ante el mundo que le quedó en la infancia, lejos de las dolencias que le restaron resplandor en la mirada o rotundidad a la voz. Es preferible imaginarlo en su vida de noche madrileña, junto a Manolo Aleixandre, bajos dos sombreros de ala ancha, alternando entre cabarets, putas y amigos, prendido a una botella de licor.


Guillermo T. Coyote