martes, 8 de enero de 2008

El ruido que no oiste nunca









Veamos… aquella noche de otoño, cinco o seis años antes de la madrugada trascendente, crucé al costado derecho de la calle Bailén y rebasé la muralla árabe hasta el viaducto. Pasaban dos horas desde la medianoche, caía una lluvia fina que dispersaba a los escasos transeúntes y Madrid se silueteaba hacia el oeste en un mar de pequeñas luces amarillas. Acababa de separarme de un compañero que, sin duda, ya roncaba vencido por el ron. Me sentía feliz con aquel paseo, un poco acorchado, anestesiado de espíritu, irrigado por una sangre tibia como el agua que caía. En el puente me crucé con una chica pálida que parecía examinar el horizonte. Entre los húmedos cabellos rubios y el cuello de tafetán de su gabardina me llamó su nuca, fresca e inclinada, pero proseguí mi camino después de una breve duda. Había recorrido ya unos metros cuando escuché de pronto un alarido agudo que se ahogó rápido. El silencio que siguió me pareció interminable. Quise correr y no pude. Seguí escuchando a las gotas de lluvia estrellarse contra el asfalto inmóvil. Después me alejé con pasos rápidos y cortos. No avisé a nadie. Nunca dije nada.

viernes, 23 de noviembre de 2007

Genio y Figura


Vi por primera vez a Fernando Fernán-Gómez (Lima, 1921, Madrid, 2007) cuando era alevín, acompañado de mi abuelo durante una sesión contínua en el desaparecido cine Consulado de la calle Atocha. En la oscuridad de la sala apareció en pantalla un tipo desgarbado en mangas de camisa blanca, con una cara peculiar en donde destacaba el pelo panocha en remolino y una narizota con la que hubiera podido competir con posibilidades en un campeonato de zanahorias. Durante aquella película, El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), quedé prendado por la voz grave y por el brillo derramado de sus profundos ojos azules. Me lo creí entero. Esa sensación auténtica y compleja nunca abandonó al actor en sus posteriores trabajos, aunque el guión o la película fueran un castigo.

Hijo de la actriz Carola Fernán-Gómez, escuchó sus primeros aplausos en el útero materno, deslizándose de él poco tiempo después en plena gira teatral por latinoamérica. Fue criado huérfano de padre, por su madre y su abuela (“Ellas se esforzaban en que me pareciera natural el hecho de no tener padre y yo me esforzaba en que ellas no se dieran cuenta de que yo me daba cuenta de que aquello no era normal”), en un momento en donde nuestro país adquiría un color grisáceo, apagado, y la vida había de soportarse con un ánimo de mármol entre las manos para pasar, sucesivamente, las etapas más lóbregas de la España reciente: guerra civil, posguerra y dictadura. A pesar de ello, el joven Fernando comenzó a improvisar chascarrillos y chanzas en compañías teatrales de aficionados (su primera oportunidad se la da Enrique Jardiel Poncela al ofrecerle el papel de Peter el pelirrojo en Los ladrones somos gente honrada, 1940), haciéndose actor, un oficio que no se avenía a su carácter y que, sin embargo, le iba a reportar una vida de bohemia. Esta iniciativa no le privó de adentrarse en otros ámbitos culturales. Abandonó la carrera de filosofía y letras por su cada vez mayor actividad como cómico profesional (llegando a participar en más de 150 películas como actor en 50 años de profesión), iniciando a la vez trabajos de escritor, realizador, dramaturgo o articulista con resultados destacados, componiendo una personalidad humanista, barbada de inquietudes culturales casi renacentistas.



En cine (toda la vida es cine), hay que señalar su mejor compromiso. Una oleada de ejemplos irrumpe en su filmografía: Domingo de carnaval (Edgar Neville, 1945); El anacoreta (Juan Esterlich, 1976); Belle epoque (Fernando Trueba, 1992); El abuelo (José Luís Garci, 1998); La lengua de las mariposas (José Luís Cuerda, 1999); o las dirigidas por él mismo: La vida por delante, 1958; La vida alrededor, 1959; El extraño viaje, 1964; la increíble El viaje a ninguna parte, 1986 (con una secuencia que es para enmarcar en las filmotecas); La silla de Fernando (David Trueba, José Luís Alegre, 2006) último estreno que fui a ver al cine y tan recomendable como una noche de placer, o el largometraje con guión suyo Las bicicletas son para el verano (Jaime Chávarri, 1984).

Afortunadamente Fernando es ya un mito, y los mitos pasan a la inmortalidad de la memoria (de los discos duros, de los deuvedés, de los libros). Sin embargo, hay que esforzarse por imaginar a Fernando preservando la actitud ante el mundo que le quedó en la infancia, lejos de las dolencias que le restaron resplandor en la mirada o rotundidad a la voz. Es preferible imaginarlo en su vida de noche madrileña, junto a Manolo Aleixandre, bajos dos sombreros de ala ancha, alternando entre cabarets, putas y amigos, prendido a una botella de licor.


Guillermo T. Coyote

lunes, 27 de agosto de 2007

La pantera




La pantera Thierry Henry (Essonne, 1977) merodea entre la campiña rectilínea con la presencia refinada de un depredador prêt-à-porter. Su estampa tostada es en sí misma toda una declaración profesional: tiene el cuerpo estriado que distingue a felinos y velocistas, gente nacida para vivir entre la alta competición, en cuyo muestrario cuenta más la inteligencia que el fuelle. En su delirante mundo animal el éxito no pasa tanto por la velocidad como por la sorpresa. Su secreto no consiste en aplicar un ritmo asfixiante, sino en cambiarlo violentamente: hunde la zarpa de apoyo en el verdín, relampaguea los nervios en una descarga, se transforma en materia explosiva y gana el metro decisivo en un solo golpe de riñón. Luego, a la hora de celebrar la presa, de su garganta no prorrumpe un alarido, es más bien un estilizado rugido con acento francés.

Los preparadores físicos y médicos que han tratado a la pantera Titi proponen debates durante las pruebas médicas que miden su rendimiento: nunca saben si Thierry es un magnífico ejemplar de la evolución o un superviviente del planeta del jaguar; si es un mutante felino de la Marvel o la simple expresión del entusiasmo.
Aunque su porte atlético parece la consecuencia lógica del procedimiento de la naturaleza, su carrera se incubó en el barrio obrero, entre una maraña de muchachos valientes que se atrevieron a soñar en voz alta. Y ya se sabe lo que dicen, si alguien sueña en voz alta siempre puede haber un mago que lo escuche. Henry encadenó su muñeca a la del brujo Arsenio Wegner y le siguió a Mónaco y, tras una breve escala en Turín, a Londres. En la ciudad del Támesis, el té y los modales, la pantera, lejos de domesticarse, se hizo asesina. En ocho años corroyó la historia de los gunners convirtiéndose en el máximo goleador de la historia del club, superando el récord del mítico Ian Wright e hizo del equipo una escuadra invencible. Y es que con el 14 a la espalda, Henry ha levantado todos los trofeos posibles: con la selección del gallo y todos también en el Arsenal, salvo la malograda Copa de Europa desaprovechada en París.

Una vez agotada la caza mayor en las islas se le reclamó, a golpe de talonario, en el flamante F.C. Barcelona All-Star. Y aquí está ahora, con su moreno estupendo, su exotismo y su rictus de baloncestista nba, afilándose los colmillos en la cepa del poste.


Capitán Akab.

domingo, 10 de junio de 2007

… y el fútbol regresó a Chamartín


Parece que las musas se han vestido el uniforme blanco y, de pronto, chispean granos de café en el campo. Cuando todos los agoreros sospechaban que, tras la vacilante preparación, el equipo iba a caer en el sopor crepuscular que suele abatir a los equipos campeones, tres puntos han llovido desde el cielo de la capital en una armoniosa borrasca de abundancia balompédica. Quizá se trate de una tormenta veraniega, de un fenómeno estival: jugados noventa minutos en la pradera de Chamartín, queda todavía un mundo para que se dirima la guerra; parte se disputará en el alambre de la suerte, parte se fraguará en el abismo del destino.

En sólo un año, el Real ha experimentado las contradictorias inspiraciones que distinguen al mejor. Ha disfrutado durante un instante de la gloria del vencedor, y luego, confundido por los gritos, ha observado que todo nuevo campeón se inicia en una nueva época por el mero hecho de serlo. Desde aquella noche de junio en que se sorteaba la Liga, los muchachos se han sentido admirados, envidiados, comparados, criticados y vilipendiados, es decir, perseguidos. Han comprobado que en sus vidas de futbolistas toda la adhesión es condicional: se renueva con el tercer acierto y se retira con el primer fallo. Nunca habían llegado a sospechar que una camiseta nívea, impoluta, apenas lastrada con un dorsal y una marca, pudiera pesar un quintal.
Con permiso de los demás actores nuevos, Bernardo Schuster es la nueva válvula que regula el entramado. Casi nadie se detiene a recordar que en su día fue el sucesor natural del Kaiser Beckenbauer. Deba gusto verle jugar, aplomado en mitad de la cancha. Con su talla de guardarropa, su boca ancha y su melena nibelunga lo mismo acertaba una falta por la escuadra, como distribuía el juego en todas las direcciones, como transmitía a los espectadores la inequívoca sensación de que fútbol era él. Ahora, soldado al fuselaje del banquillo merengue, necesita a alguien que le trace el terreno de juego de centros, alguien que le imprima a la pelota cierta relación de jerarquía, alguien a quien dejar su traje de seda prusiana y su bastón de mando. El nuevo ideario madridista ha revitalizado a jugadores como Raúl, Guti y Robinho. Schuster decidió que si sólo contaba con dos puñales, se los iba a dar a los delanteros. El capitán se lo colocaría entre los dientes, y Robson lo guardaría debajo de la media. Sin embargo, la vara de Arellano era para Gutiérrez. El rubio de Torrejón desenfundó el sábado el telémetro y se apostó en la garita de la media luna para mandar. Antes de que pitara el de negro, entre los tres habían ganado el partido.

Capitán Akab

jueves, 31 de mayo de 2007

Frank versus Fabio


Frank amanecerá el sábado con su pijama de rayas verticales y se bajará enseguida al garaje-estudio a ver si es capaz de ajustar la quinta marcha de la caja de cambios blaugrana. Antes, cuando era un apuesto medio centro con el ocho a la espalda, Frank no se confiaba sólo a las artes de la velocidad y la habilidad, tenía las condiciones del todoterreno. Pintado su chasis en rojo y negro, se entendió con Ruud Gullit en cortos pases precisos que se ajustaban al empeine, y con Marco Van Basten en largos pases curvos que se envenenaban sobre la media luna del área. Convirtió la presión sobre la línea medular en la más efectiva de las estrategias, levantó dos copas de Europa mandando una cohorte en aquel ejército del general Sacchi y algunos espectadores hubimos de llorar sus centros casi tanto como los admiramos en la Alemania del 88.

Fabio en cambio madrugará en su estoica trinchera del frente del Ebro, y revisará en la sala de banderas la topografía de la sierra aragonesa para escudriñar algún desfiladero donde apostar a sus francotiradores. En pantalón corto y corriendo por un terreno de juego, Fabio tuvo el talento reiterativo del tornero fresador. Para él, la pelota nunca mereció la consideración estética de una pompa de jabón, ni representó la abstracción poética del globo terráqueo. Con su filosofía italiana, el fútbol sólo se entendía entre el paréntesis del esfuerzo físico y el otro paréntesis del disparo a puerta. El regate, la finta y la tramoya eran cosas de amanerados, teorías de artistas, hipótesis de trabajo de vagos.

Como entrenador, Frank ha heredado de las escuelas holandesas el fútbol ofensivo, y de sí mismo una determinación biliar por la victoria. Su carácter se dibuja con una mezcla de tirabuzones, chaquetas osadas y cajetillas de cigarros que desembocan en un estilo educado en la sala de prensa y ofensivo en el campo. En la cancha, Frank no defiende, organiza a su equipo como un compenetrado comando de ingenieros que, entre ceja y ceja, planean una campaña de invasión de la que sólo regresarán con un botín de goles.

Fabio, al contrario, se ha refugiado en la grave silueta de un Comisario. Encarna el espíritu de la cúpula del estado policial. Viste clásico: traje azul marino, pantalón de pinzas gris marengo y camisa blanca impoluta. El escudo de su equipo bordado, como la estrella del sheriff, cerca del pecho. Por su carácter de tipo duro e inflexible prefiere las guerras de desgaste a las de conquista. Domina el oficio de la especulación, doctorado en títulos, aprieta las mandíbulas cuando pierde y… también cuando vence.

En cualquier caso, termine como acabe y por encima de nuestros cálculos, la gloria se repartirá injustamente. El ganador se erigirá en el nuevo Napoleón y, huyendo de la rendición de Breda, el perdedor alcanzará las cotas más altas… del sumidero.


Capitán Akab


Nota: esta crónica estaba redactada para ser leída ayer, por problemas ajenos al autor no ha sido posible su publicación hasta hoy. Pedimos disculpas por el retraso tanto a nuestro coloborador como a sus fieles lectores. La Dirección.

jueves, 10 de mayo de 2007

Un étrange aventure de Lemmy Caution




La máquina Alpha 60 gobierna Alphaville, una misteriosa ciudad a millones de kilómetros de Nueva York, en una galaxia lejana de la hostia. Allí llega Lemmy Caution, detective. Es un tipo duro de verdad: cincelado sobre un témpano, con gabardina y sombrero, salido de una novela de Raymond Chandler al que la cámara sólo se atreve a seguir en blanco y negro, en silencio. Y llega a Alphaville en plena noche húmeda, y da un nombre falso en la recepción del hotel y dice, como todos los que ocultan algo, que es periodista.



A pesar de que estamos en el universo lejano, aparentemente no es un lugar tan ajeno, de hecho lo reconocemos todo desde nuestros ojos terrícolas: los edificios, las luces de la noche reflejadas en los charcos del asfalto, las mujeres bellas…, y sin embargo hay algo en el ambiente que nos incomoda, que nos obliga a permanecer alerta. Quizá porque dentro de la película se respira ese aire denso, apretado, que tamiza la vigilancia del poder. No tardamos mucho en advertir la oquedad de la población. No hay empatía. Si pedimos fuego para encender un pitillo sólo conseguimos una breve mirada y un enorme signo de interrogación. Los habitantes caminan como autómatas, sostenidos por los trajes negros y grises, las mujeres tienen números tatuados en la piel que las borran el atractivo y las deshumanizan, incluso el aire suena a metal. Los pasillos de los edificios son largos, sinuosos, enmoquetados. No hay agentes de tráfico, ni prensa, todo está sometido a la ley de la probabilidad.

No cabe duda, hemos dado con nuestros huesos en un territorio comprometido donde no parece que vayan a tocar los Rolling Stones. Estamos en un estado totalitario. Después de hacer unas cuantas preguntas es evidente que la tecnología ha sustituido al ser humano.

Alphaville narra el futuro, cuando los hombres con gafas se han hecho tan listos que son capaces de crear unas máquinas infalibles que trabajan para controlarnos y juzgarnos a todos. Esta historia ya nos la han contado en varios formatos, desde la literatura al cine pasando por la filosofía y el arte. Pero Jean-Luc Godard (París, 1930) nos la cuenta con un estilo impecable. Vuelve a decir aquello de que el hombre es un peligro para el hombre, pero con clase, en un extraño relato que mezcla el cómic y la ciencia ficción. No le hace falta mostrar bombas nucleares ni desplegar un decorado artificial con bombillas de colores. Es un tipo elegante, con el blanco y negro le sobra para crear la estética por arrobas. Y en cuanto a las armas, lo maravilloso es que La capital del dolor, poemario de Paul Eluard, es la munición más subversiva.

Pronto vamos a conocer al motor de la historia: Natacha Von Braun (Anna Karina), que (a parte de ser una preciosidad) nos guiará por este nuevo mundo. Es la que nos va a poner en antecedentes, la que nos va a enseñar Alphaville en toda su magnitud.



En la guía de turismo no lo pone, pero en Alphaville está prohibido llorar. La ternura es otra emoción que desconocen las máquinas y por tanto está penada. Ya digo que es un sistema perfecto, ordenado al milímetro, infranqueable para todos… salvo para nuestro nuevo amigo: el artero, Lemmy Caution.

Guillermo T. Coyote

viernes, 4 de mayo de 2007

Die Soprano



Era una casa de campo apartada a la que se accedía después de recorrer un sinuoso camino de tierra de dos millas de distancia. Al final del mismo, tras superar una suave elevación del terreno, se abría un claro de eucaliptos donde estaba construida. Tenía una amplia parcela de hierba descuidada en donde se adivinaban unos columpios oxidados engullidos ya por la maleza, un pozo abierto, y al fondo, como en un cuadro de salón, aparecía un pequeño embarcadero colmado de juncos, con un sencillo bote de pescador que se mecía con el agua cadenciosa del estanque. La casa era grande, de madera blanca, con tejado a cuatro aguas y un porche entarimado que cubría el acceso principal. Una desvencijada mecedora desafinaba con cada racha de aire y una ventana mal cerrada golpeaba insistentemente contra el marco que la sujetaba.

Toni D llegó en su Ford Dogde azul de alquiler. Una vez detuvo el motor, salió del automóvil, miró a su alrededor, y no vio más que las ramas de los árboles retorcerse con el viento. Observó luego por azar como un barbo destelló su lomo de plata en el centro del lago con un dinámico costalazo. Aquella visión le agradó, encendió un pitillo, se pasó el dorso de la mano por la boca y fue a descargar la compra del maletero.

En un par de minutos hubo terminado. Sostuvo las bolsas de papel con el brazo derecho y se acercó parsimonioso a la puerta principal arrastrando las suelas de las botas.
La enorme figura de Antonio Imperioli surgió entonces de la nada. Atravesó el porche de la casa con tres zancadas de plantígrado que hicieron gemir la madera. Se abalanzó sobre él y de un zarpazo seco lo envió al suelo. Las latas de conservas se desperdigaron a su alrededor. Toni D en el piso intentó revolverse, buscó el revólver en la tobillera, pero los diez dedos de Imperioli apretaban con fuerza retráctil la escopeta que lo encañonaba.

Toni D aún tuvo tiempo de parpadear antes de que sus sesos se seccionaran en rojo confeti y se fueran a incrustar como dardos en los peldaños de la escalera.

Imperioli entonces comprobó con la puntera de su zapatón que la vida de Toni D era ya historia. Echó el arma a un lado, se sacó los guantes de goma de sus garras y escupió un salivazo de satisfacción. El barbo volvió a saltar, allá en el lago, pero su resplandeciente chispazo ya no pudo ser visto por los ojos de Toni D, a pesar de que la mueca de su cara estaba orientada en esa dirección.

Guillermo T. Coyote